UNA BROMA DE TERROR

Les voy a contar una historia, será su decisión creerme o no. Soy un apasionado de las historias de terror y me encanta visitar lugares llenos de leyendas y misticismo, por eso busqué hoteles en Guanajuato para iniciar mi aventura. Empaqué poca ropa y me dirigí a aquel bello estado.

Al llegar a mi destino me encontré con un lugar rústico, que resaltaba las costumbres del lugar. Desde que entré al hotel se respiraba un aroma diferente, la vibra era especial, sabía que había llegado al lugar correcto para vivir una experiencia paranormal. Y como si lo hubiera invocado, justo antes de entrar a mi cuarto, escuché a un hombre platicando sobre las voces y sombras que se pueden escuchar y ver por los pasillos del lugar. La historia sucedió como si fuera una obra de teatro, en tres siniestros actos.

PRIMER ACTO: EL CONTACTO

Si eres de las personas que busca por todos lados ser víctima de un caso del más allá, te recomiendo que no lo busques, sólo podrías desilusionarte; pues mi experiencia me ha hecho saber que las cosas suceden cuando menos las esperas. No importa si juegas a la Ouija, si no crees, si no tienes miedo, nada te pasará.

Por eso comencé a planear mis vacaciones, los lugares que visitaría, como a las momias, lo sé, es un cliché pero era mi primera vez en Guanajuato y tenía que hacerlo. Pero antes de que pudiera salir de mi recámara vi como las cortinas de una de las ventanas se mecieron con fuerza. La forma en que lo hicieron me indicó que nada tenía que ver el aire. Me acerqué lentamente, moví la cortina y ahí estaba ella, sentada, formando un ovillo con sus brazos y piernas. Sollozando…

SEGUNDO ACTO: UN FAVOR

Me quedé petrificado de sólo verla, no podía hablar, y así pasaron unos minutos, que para mí fueron horas, hasta que la niña levantó la cabeza. Su rostro era normal, común y corriente, pero sus ojos no, eran blancos e irradiaban temor y tristeza al mismo tiempo. Hipnotizaban a quien la viera.

“¿Me puedes hacer un favor?”, fue la pregunta de la niña que me sacó del trance, sólo alcancé a asentir con la cabeza. “Gracias”, dijo entre sollozos. “Busca a mi padre, siempre está en este hotel. Ahora cierra los ojos”.

TERCER ACTO: UN FINAL INESPERADO

Al abrir los ojos ella ya no estaba ahí. Escuché cómo se cerró la puerta y todo el misterio se desvaneció, pensé que todo era parte de una broma, lo que le daba popularidad al hotel. Desilusionado bajé a la recepción para salir en busca de verdaderas señales paranormales.

En la entrada estaba el mismo hombre que contaba sobre lo terrorífico que puede ser aquel lugar, anécdotas que el vivió y sólo pensé que era parte de un show montado para atraer clientes. Decidido a terminar con aquella burla, me acerqué al hombre y le dije que su hija estaba por el hotel asustando personas, y le dije que podía ser perjudicial ponerle pupilentes a una menor.

“Si la vuelve a ver, dígale que la extraño. Que la vida no es la misma sin ella…”, dijo al tiempo que comenzó a llorar, como jamás vi llorar a un hombre, como lo haría alguien que ha perdido a una hija. La sangre se me heló.

No me atreví a seguir en aquel hotel y regresé a casa. Nunca había vivido algo así. Lo peor fue que al llegar a casa encontré en internet una noticia sobre el accidente que sufrió una pequeña mientras estaba al cuidado de su padre.

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