Una broma que salió mal

Cada fin de año prefiero salir con mis amigos que reunirme con la familia. No tengo una buena relación con ellos, así que mejor me refugió en las amistades y nos vamos a algún lugar fuera de la Ciudad de México para que no puedan molestarnos y tener el pretexto de que estamos fuera de la ciudad. El año pasado decidimos ir a Guanajuato, y a diferencia de años anteriores, esta vez se nos unió el primo de uno de mis amigos. Lo aceptamos sin problemas, pero al ser el nuevo, tenía que sufrir con una pequeña broma, pero esta salió mal…

Reservamos en uno de los hoteles en Guanajuato más viejos, pero era muy barato y tenía disponible tres habitaciones grandes para todos nosotros. Llegamos dos días antes del 31 de diciembre para poder conocer la ciudad, las mujeres y lugares en los que nos pudiéramos emborrachar antes del conteo para el 2017. Mientras hacíamos nuestra exploración habitual de cada año, se nos ocurrió hacerle una broma al nuevo integrante, pero una que le sacara un buen susto. En esa época estaban de moda los payasos que se aparecían en las calles y aterrorizaban a Estados Unidos, así que decidimos traerlos a Guanajuato.

Conseguimos un par de disfraces, compramos bolsas de globos, pintura roja y maquillaje. El día seleccionado para bromear al primo era la noche del 30. Lo que hicimos fue llenar su cuarto con globos rellenos de pintura roja y dos de nosotros se disfrazaron, mientras yo grabaría escondido entre las cortinas. Todo estaba listo, pero no contábamos con una cosa, que el pequeño primo de mi amigo le tenía fobia a los payasos, incluso después supimos que de niño fue al psicólogo, pues no podía ni ver fotos de éstos cómicos personajes. Así que ya se imaginarán lo que pasé. ¿No? Pues se los cuento.

Esa noche entró solo a su cuarto y vio los globos regados por el suelo. Uno de mis amigos se quedó afuera para evitar que pudiera escapar, así que cuando ingresó ya no tenía forma de salir, más que aventándose por la ventana que estaba detrás de las cortinas donde yo estaba escondido. Al caminar entre los globos ya tenía cara de asustado, lo que se intensificó cuando pisó uno y se reventó, manchándole el pantalón de pintura roja, que parecía sangre. Intentó salir, quien se encontraba del otro lado de la puerta lo evitó, y mientras daba la espalda, los dos payasos salieron. Aquí todo se complicó.

El chico comenzó a gritar, nosotros nos reíamos y los dos disfrazados hacían como si se le fueran a echar encima, hasta que uno si lo tomó de los brazos y el primo se tiró al suelo, como un ovillo. Los payasos intentaron levantarlo, el rogó  que lo dejaran en paz, que le perdonaran la vida. Los payasos no dejaban de jugar con él, de tocarlo, pero se detuvieron cuando lo vieron llorar. Fue en ese instante cuando se levantó y corrió a gran velocidad hacia la ventana, estaba abierta por el calor que hacía. Ví que no disminuía la velocidad, por mi mente pasó que no iba a bajar de forma normal, que se iba a aventar, así que reaccioné y me lancé contra él. Evitando una tragedia mayor.

Esa noche llamamos a sus padres, ya que lo tuvieron que hospitalizar por una crisis nerviosa. Todos volvimos con nuestras familias para recibir nuestros regaños, pero lo único que pasaba por mi mente era qué hubiera pasado si no me lanzó contra él. ¿Se hubiera aventado y… muerto?

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